Tractatus de Herbis (Tratado de plantas medicinales), c. 1440

Excelente y bella edición facsímil realizada en 2011 del tratado de plantas medicinales, “Tractatus de Herbis”, cuyo original se conserva en la British Library, Londres, con la signatura Sloane Ms. 4016. Datado en Italia, c. 1440.

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Excelente y bella edición facsímil realizada en 2011 del tratado de plantas medicinales, “Tractatus de Herbis”, cuyo original se conserva en la British Library, Londres, con la signatura Sloane Ms. 4016. Datado en Italia, c. 1440.

Facsímil encuadernado en piel verde sobre tabla, estampada en seco, lomo nervios, títulos dorados. Formato 28 x 38,5 cm. 226 páginas. Presentado en estuche abierto, formato 29 x 40 x 4,5 cm.

Acompañado de libro estudio gran formato, 24 x 34 cm, encuadernado en tapa dura con sobrecubierta a color ilustrada, cinta guía. 512 páginas ilustradas a color. ISBN 9788496400757.

Edición única, limitada a 987 ejemplares, numerados y autentificados notarialmente.

Textos extraídos de la web del editor:

Durante la Edad Media, la medicina fue sin duda la disciplina científica más influida por los múltiples componentes culturales que contribuyeron a formar la sociedad. Sobre una base griega se mezclaron aportes latinos, bizantinos, árabes, mozárabes y otros procedentes de horizontes más lejanos que fueron transmitidos por las culturas vecinas del mundo occidental. Así, las plantas medicinales fueron designadas por tantos nombres como culturas había que se servían de ellas para fabricar remedios. Esta multiplicidad de nombres, que permitía identificar una misma planta en diversas culturas, pudo también generar confusiones. Para evitar este riesgo, aparecieron diccionarios, así como álbumes de botánica donde las representaciones de plantas y otros simples empleados en la práctica cotidiana de la terapéutica se acompañaban de las varias denominaciones que le daban las  poblaciones de diversos orígenes que conformaban la sociedad medieval. Este Tractatus de Herbis, códice Sloane 4016, actualmente en las colecciones de la British Library, en Londres, es una de estas herramientas que permitió vincular la variedad de nombres de estas plantas con las plantas propiamente dichas. Esto contribuyó a evitar confusiones cuyas consecuencias habrían sido desastrosas en el caso de que a un paciente se le hubiera administrado un simple que no se correspondiera con el prescrito por los médicos.

Entre las novedades de la Edad Media hay que contar las múltiples lenguas que los pueblos recién llegados a las riberas del Mediterráneo y al continente aportan consigo. Aunque las lenguas internacionales que fueron el latín, el griego y el árabe sirvieron para unificar esta multiplicidad, ya sea en una parte o en todo el mundo medieval y por cierto período o por toda su duración, diversas lenguas fueron sin embargo utilizadas y pudieron a veces contribuir a crear cierta confusión que podría recordar la torre de Babel y la incomprensión provocada por los particularismos lingüísticos. Ciertamente, los préstamos de una lengua a otra, especialmente en las fronteras, permitieron entenderse. Pero, aunque tales fenómenos de ósmosis facilitaron las comunicaciones, algunos términos resistieron, y resistirían probablemente en nuestros días aún, a tales transferencias. Las plantas son una de esas materias cuyos nombres son difíciles de absorber de una cultura a otra. Quien nació en un entorno natural, creció y vivió en él, como sucedía a menudo en el pasado, y no en ciudades separadas de la campiña, conocía las plantas por su nombre tradicional y, ciertamente, no por su nombre científico. Aunque esos nombres podían reflejar a veces el mestizaje cultural resultante del contacto con otros pueblos, seguían a menudo vinculados a tradiciones culturales profundamente arraigadas que no facilitaban la comunicación.

Era preciso sin embargo comprenderse, tanto más cuanto las plantas desempeñaban un papel fundamental en la vida: no solo para la alimentación, sino también, sobre todo incluso, para la salud y la medicina. Los doctores y physici que tenían a su cargo a los pacientes habrían podido, probablemente, componer diccionarios multilíngües, pero su manejo habría sido difícil y sin duda no habría permitido una consulta rápida. Emergió una solución ciertamente más eficaz: representar las plantas y acompañar estas ilustraciones con su nombre en diversas lenguas. Un lenguaje visual, en cierto modo, que permitía comprenderse más que las palabras. De su papel de intérpretes, estas obras ilustradas desprovistas de texto cambiaron probablemente de vocación y se convirtieron en álbumes que transformaron la literatura botánica: no era ya necesario ilustrar las obras consagradas a las plantas y a sus usos, puesto que esto se había hecho ya en estos álbumes, que podían ser consultados y utilizados por lectores de cualquier lengua, siempre que contuvieran los nombres de las plantas en todas esas lenguas.

Eso es este Tractatus de Herbis (Londres, British Library, Sloane 4016): un libro sin más texto que las leyendas de las ilustraciones, que podía ser utilizado por lectores de cualquier origen. Un libro que conectaba las poblaciones de la Edad Media gracias a su discurso visual, basado en la imagen. Un libro que permitía comprenderse más allá de las diferencias. Un libro que muestra cómo la Edad Media no era ciertamente oscura, sino que dominaba perfectamente la técnica de la comunicación visual con una insospechada modernidad.

Alain Touwaide. Smithsonian Institution. Volumen de estudio.

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